miércoles, 1 de abril de 2020

LOS FALSOS HÉROES


Nada tiene de novedoso que en situaciones críticas surjan los héroes, aquellos heroicamente buenos y moralmente capaces para hacer lo que tienen que hacer, en el momento que deben hacerlo, más allá de la propia conveniencia y destacándose sobre el resto. Debemos aplaudirlos. Hay que sostener que el reconocimiento a la heroicidad se hace al ponerse de manifiesto aquello por lo que una persona se ha preparado desde siempre, o desde hace mucho tiempo al menos; no podemos pretender que el cobarde, cuya cobardía tendió raíces viciosamente en su persona, de repente en un momento crítico, de esos que exige de heroica valentía y el arrojo generoso infle hollywoodensemente el pecho hasta romper esas raíces del egoísmo profundamente caladas en su corazón y se haga valiente, no. En cambio aquel que pospuso su propia comodidad al Bien Común, aquel que se acostumbró a decir la verdad por mucho que le cueste, o aquel que pospuso crónicamente su descanso para aliviar al cansado… es muy probable que lo siga haciendo, y de una manera destacada, como lo enseña la clásica y básica doctrina de la educación en las virtudes.  De ahí la importancia de educar a los niños en la virtud y en el ideal. Ya  lo dice la Biblia “quien es fiel en lo poco es fiel en lo mucho, y quien es injusto en lo poco también es injusto en lo mucho”, las dos contracaras estarán más fuertemente manifiestas en situaciones extremas. Así en tiempos difíciles es natural que los héroes se multipliquen (o más bien se pongan de manifiesto) y los ruines se vuelvan más ruines (y se disfracen de héroes); eso no es raro, lo malo es que no sepamos distinguirlos.

Somos animales, y animales políticos decía Aristóteles, gregarios, de manada. Nos sentimos seguros en sociedad, por eso el primer núcleo de la sociedad que es nuestra familia llega a ser tan importante para nosotros, es natural; la familia es natural. Pero también es natural, como parte inherente al instinto de preservación de la vida y de la especie buscar seguridad en la sociedad, y sobre todo en el líder de la sociedad. No está mal. Esa idea anarquista de la horizontalidad absoluta es tan romántica como antinatural, nunca funcionó en ninguna manada y en ninguna sociedad, necesitamos sentirnos protegidos y proteger, forma parte de nuestra naturaleza animal y la elevamos hasta el límite de lo sobrenatural cuando lo hacemos con amor e inteligencia. Buscamos tanto como los perros y los caballos a un líder, pero debemos hacerlo inteligentemente.
Entre los animales no hay mentiras, no existe el engaño, actúan tal cual les manda la naturaleza, sin más. El caballo fuerte ejerce la fuerza sobre la manada y se gana el liderazgo alfa, los animales le temen y le obedecen –necesitan del fuerte para su defensa- pero en cuanto llegue otro más fuerte, que suele suceder, ese “líder” deja de serlo. Por otro lado hay en cada manada una yegua vieja, por lo general quien tiene un ojo poco avezado no sabe descubrirla, anda relajada y un poco alejada del resto; esa es la verdadera líder, la madrina. La manada le tiene una obediencia reverencial, confían con ceguera en ella, que no necesita la fuerza -de hecho con frecuencia es la más débil- sino la experiencia. Ella sabe dónde hay peligro y qué lugares son seguros, sabe dónde está la mejor pastura y el agua fresca, donde ella vaya irán los caballos, porque saben que nos los guiará por mal camino.
El hombre es consciente de la verdad y del bien, pero también de sus opuestos, y también del deseo intrínseco del hombre del bien y de la verdad; un hombre confiará en quien le diga la verdad y lo lleve al bien. Quien desee poder, aunque no tenga sabiduría, puede aun ser un alfa, en una sociedad que busca un verdadero líder: y si no se puede ser un hombre sabio y bueno porque nunca se preparó para ello (no se hizo virtuoso) al menos puede parecerlo. Puede bastar en tiempos de inseguridad, en los que se busca denodadamente el contraste, ponerse una capa y disfrazarse de héroe, de líder. Ojo con esos falsos líderes, los alfas no dejan de ser dominantes por la fuerza aunque se disfracen de madrinas. Ojo con los que se autoproclaman héroes y arman una épica alrededor, recuerden que la madrina anda sola y para quien no mira bien pasa casi desapercibida, no como una titiritera sombría que tiene algo que ocultar, sino con la seguridad de quien no necesita los aplausos. La madrina ni se autoproclama ni se impone, yeguas viejas hay muchas, pero ella es confiable, siempre. Ni se oculta ni se exalta.

Desconfie, desconfie de esos autoproclamados jefes, de esos que se montan sus propios monumentos y pagan aplaudidores. Confíe, confíe en los antecedentes, pues aunque un hombre no esté determinado por su pasado si está fuertemente condicionado por él. Si invita a una fiesta a un borracho, lo más probable es que se emborrache y también es probable que le pelee a los sobrios. Mire si su héroe tiene la virtud de la veracidad, si ha encarnado heroicamente el bien durante su vida, si ha sido coherente a costa de las propias pérdidas, si antepuso el Bien Comun al bien particular como regla permanente de su vida. Si no, sólo es un alfa, abusador. Y también un mentiroso.

Veo muchos alfas, cancheros, de manos en los bolsillos, saparastrosos, indisciplinados, soberbiotes, del insulto fácil y la mirada sobre un hombro contarte con unilateral discurso cómo el mundo entero los alaba, decirte que sin ellos no sos más que un miserable, son los que siempre han llevado la manada, una manada inválida, enferma, insegura, dependiente. Una manada acostumbrada al rigor, a la escasez de pastura y de agua fresca, una manada hambrienta de esperanza, proclive a cualquier discurso que se le asemeje. Es el momento, no sólo de los héroes, sino de los ruines que les roban la capa. 

Es también hora de que la manada diferencie un alfa de una madrina y que, de entre los héroes, surja un líder, uno que nos apaciente en las pasturas y no nos disfrace las patadas o las endulce con zanahorias, uno que no utilice la manada para complacer su egoísmo. Es hora de que de la crítica enfermedad, tras el proceso doloroso de la crisis (término médico que utilizaban los griegos para definir el momento crucial en el que un enfermo curaba o moría)  al fin pasemos a la vida saludable o sigamos en un adolescente síndrome de Estocolmo hasta la lenta muerte, en la mentira disfrazada de amor.

Porque sí, un ruín puede disfrazarse de héroe, un bravucón hacerse llamar sabio, y a nuestra conciencia confundida y a nuestro corazón deseoso de consuelo puede servirles -circunstancialmente- para entibiarse de la desolación externa, pero miremos con crítica y seamos un poquito más sabios, que el bravucón lo seguirá siendo aunque nos acaricie circunstancialmente y circunstancialmente nos haga olvidar de los golpes. Porque aunque se diga a sí mismo sabio y haga lo posible porque sus aplaudidores le endilguen ese título y aunque todo el mundo lo crea, su estulticia condición permanecerá intacta.
“Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, ambos irán a parar al precipicio.” (Mt. 15; 14)
Por ahora con reconocer su estulticia basta. Por ahora con desenmascarar al bravucón es suficiente. Por ahora con reconocer al golpeador basta. Por ahora con no olvidar los golpes basta. Por ahora.
Mañana aplaudamos a los verdaderos héroes, entonces nos iremos alejando del hoyo.



viernes, 22 de noviembre de 2019

DÍA DE LA MÚSICA

“La historia no está así escrita de antemano y toda la historia es como una espléndida sinfonía en la cual Dios, amo de la historia, es un músico y la misma historia es esa inmensa sinfonía; este músico inefable conduce la historia y es a la contemplación adonde nos conduce.” (cfr. Henri Irene Marrou)

El día 22 de noviembre se celebra el Día de música en honor a Santa Cecilia, mártir. Nos parece una iniciativa excelente la de celebrar un día de la música, y nos parece también oportuno que se la celebre en el día de una santa.
Es una gran iniciativa celebrar la música, pues con música celebramos toda ocasión de alegría, con música alegramos el corazón y aliviamos también alguna pena. ¿Cómo no celebrar la música si con ella expresamos nuestros más caros sentimientos y aún nuestros pensamientos más complejos, incluso mejor que lo hacen nuestras palabras?
Podríamos decir temerariamente: dime qué escuchás y te diré cómo sientes, te diré qué piensas y hasta qué tan cultivado es tu espíritu. Hazme oír música de tu pueblo y lo voy a describir. La música nos identifica. La hay para momentos alegres, para días nublados, para alentar en una cancha e incluso para recordar una batalla.
La música está presente en toda nuestra vida, y valga decir más: nuestra vida misma es música. El Universo lo es. La música es primariamente armonía, una melodía es armonía de sonidos en el tiempo… pero música también es un término que se ha utilizado para expresar el arte en general, que valga decir provenía de la inspiración de las musas, de allí el nombre de música.
La música se extiende a todo arte, y a la vez el arte puede extenderse a todo el universo, y es que el cosmos es orden, armonía, belleza ¿acaso no es armoniosa la variación de los días y las noches? ¿no es música el paso desde el verano al invierno? ¿No son ordenadas las estaciones del año a las que Vivaldi mismo le dedica una Obra, o mejor dicho las representa en notas sonantes? ¿No es música el árbol elevando siempre, o casi siempre, su copa al sol y enterrando sus raíces buscando minerales? ¿no es música la araña tejiendo su tela y el hornero batiendo las alas? ¿No es música aquellos colores y el viento que acaricia a los cerros?
Es verdad que hay tonos disonantes, los hay. Una enfermedad me suena a desafinación, la muerte es un ruido extraño, mis pequeñas desilusiones cotidianas son notas disonantes, rompen la armonía. O incluso tengo la sensación de que yo mismo soy el que no encajo en el todo. Pero fíjese: incluso con ellas podemos hacer una nueva melodía, recuerdo una película, se llama Crescendo, en ella la actriz principal decía lo siguiente: “las notas discordantes arruinan la sinfonía, como en un piano, si está desafinado, es inservible, las notas discordantes arruinan la sinfonía A MENOS que acojamos esa nota discordante y la utilicemos para usar una nueva sinfonía.”
El dolor, la enfermedad, la muerte, todo puede ser bien usado. Al respecto decía Borges que todo era “arcilla para su arte”, me permito citarlo, antes de terminar, aunque sea un poco largo; aquel día hablaba de la ceguera, su propia ceguera, y decía esto:
"La ceguera es un modo de vida (...), que no es totalmente malo, totalmente perverso, recordemos ahora los versos del mayor poeta español, de Fr. Luis de León:
"Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo."
Vivir sin odio es fácil (...) -continuaba Borges-, pero vivir sin amor es felizmente imposible para cada uno de nosotros (...) y si aceptamos que en el bien del cielo puede estar la sombra, entonces ¿quién vive más consigo mismo, quién puede explorarse más, quién puede conocerse más asimismo, según la sentencia socrática, que un ciego? (...) Forzosamente tiene que pasar horas de soledad, y para un escritor esto no es malo, el escritor vive la tarea de ser poeta, y no es tarea que se cumple con un determinado horario. Nadie es poeta de ocho a doce y de dos a seis, quien es poeta es poeta continuamente, se ve asaltado continuamente por la poesía, del mismo modo que un pintor, creo yo, siente que las formas y los colores están asediándolo, como el músico siente que el mundo de los sonidos, el mundo más extraño del arte, está buscándolo siempre, que hay melodías, y porque no discordias también, que lo buscan. Por esa tarea, para la tarea del arte, la ceguera no es del todo una desdicha, es una herramienta. Desde luego, para un escritor, o para todo hombre, todo lo que le ocurre es un instrumento, todas las cosas le han sido dadas por un fin, y esto tiene que ser más fuerte en el caso de un artista (..)todo lo que le pasa: incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras... todo le ha sido dado como arcilla como instrumento para su arte (...) Por eso yo hablé en un poema del antiguo alimento de los héroes, la humillación, la desdicha, la discordia, todo eso nos ha sido dado para que hagamos (...) cosas eternas, que quieren ser eternas (...). Todo eso me hace pensar que su desdicha no es desdicha total."
¿Quién puede entender mejor esto que una santa, y una santa capaz de dar la vida en testimonio de su fe? Si el cristiano es el más capacitado para descubrir la belleza del cosmos, su orden y su designios ¿no es también el más preparado para ver aún en las notas discordantes rastros de bien? Y es que en toda la creación se hallan vestigios del Creador…
Decía Chesterton: “El asombro tiene un positivo elemento de alabanza. (…).
Sentí en mis huesos, primero, que este mundo no se explica a sí mismo...
Segundo, llegué a sentir que la magia tenía un significado, y un significado debe tener alguien que lo signifique. En el mundo, había algo personal como una obra de arte. Lo que significara aquello, lo significaba violentamente.”
Y también dijo Pieper:
“Tales certezas significan fundamentalmente una sola cosa, siempre la misma: el mundo está en su sitio, todo llega a su meta; a pesar de todo, en el fondo de las cosas, hay paz, salvación y gloria; nada ni nadie está perdido, (…).
De este tipo de contemplación del mundo creado se alimenta incesantemente toda verdadera poesía y todo auténtico arte, cuya esencia es ser alabanza, loa, más allá de todo lamento. Y nadie que no sea capaz de esa contemplación puede componer de manera poética, esto es, de la única manera que tiene sentido. El carácter incesante del arte musical, su condición de necesario para la vida del hombre, reside, sobre todo, en que, a través de él, la contemplación de la creación se sustrae al olvido y permanece vigente.”
Quien así ve el mundo, ¿no verá también en lo discordante una oportunidad? Le basta tan solo mirar al Dios crucificado, el más bello de los hombres alcanza su plenitud desfigurado. Parece una paradoja y no lo es: ahora lo deforme y lo discorde es oportunidad.
Santa Cecilia hizo de su muerte un hermoso canto de alabanza; y su vida, sin haber entrado en cadencia, sino acallada violentamente, es puerta al coro de los ángeles…
¿Recuerdan a los jóvenes caldeos que son capaces de cantar y bailar en el horno ardiente? De ese modo imagino a Santa Cecilia, quien también cantaba a Dios en sus angustias. Todo es motivo de alabanza.
Por último quiero recordar otra película, August Rush, el personaje principal cierra diciendo: “Escucha. ¿La oyes? La música. Yo la oigo en todas partes. En el viento, en el aire, en la luz. Está por todas partes. Todo lo que tienes que hacer es abrirte. Todo lo que tienes que hacer es escuchar.”
La vida es música, escuchá, cantá, bailá. Pero esperá; que hay un lugar en donde las discordias ya no existen; por eso le pidamos a santa Cecilia que nos susurre en sueños un cántico celestial, que nos haga -a todos- nostálgicos del Paraíso.

viernes, 16 de noviembre de 2018

A un mes de su desaparición... MEMORIA DEL SAN JUAN para mis alumnos que egresan


“Militia est vita hominis super terram” reza el libro de Job, Milicia es la vida del hombre sobre la tierra. Y si milicia es nuestra vida, somos esencialmente soldados, hombres que combaten, día a día, minuto a minuto de nuestra existencia. Luchamos instintivamente contra el desenlace fatal de nuestra vida terrena, que es la muerte –nos resistimos a morir, la muerte no nos pertenece-. Luchamos para ganar el pan que asegura nuestra subsistencia, luchamos por evitar el dolor, por escapar de un sufrimiento, por el reconocimiento, otros por la gloria… tal vez alguno por el dinero, la fama, el poder… que tanto cuesta obtenerlo… somos luchadores, soldados, y nuestra vida es milicia… y hay quienes luchan soportando un dolor, acaparando sufrimientos, pasando hambre y desnudez, como la haría una abnegada madre que todo lo sacrifica por los hijos ¡vaya, que esa es una lucha superadora! … pero… ¿habrá quien luche, aceptando amorosamente dolores, hambre, fríos, fatigas por hijos que no son los propios? ¿Por propiedades que no le son privadas y glorias que no serán las suyas? ¿Hay quien sufra por un amor que a menudo no le corresponde? ¿Quién jure protección a sabiendas de sufrimiento y a sabiendas que puede terminar en muerte? ¿Habrá quién lleve esa carga sin exigir derechos y aun recibiendo oprobios que no le corresponden? ¿Habrá quién jure hacer justicia aun cuando la justicia no lo cubra? ¿Habrá hombres que luchen la lucha de otros hombres con el rostro erguido y el pecho inflamado? Sí, todos somos soldados, pero… ¿Habrán soldados que se sacrifiquen amando el sacrificio? Eso, pareciera ser cosa de profesionales.

Helos ahí, los que no vemos, los que pasan entre tantos hombres, uniformados, formados como uno, sin destacarse de sus compañeros, que son hermanos. Helos ahí, los que sacrifican todo, su confort, su familia, su tiempo y hasta su individualidad. Para eso han sido formados, y no renuncian a su juramento, un juramento de vida y de muerte por aquellos que no los vemos. Dejan su paz para que estemos tranquilos, pasan hambre para que no nos roben el pan, dejan su familia para proteger la nuestra. Son los que no luchan tanto por su vida, como sí por la vida de la Patria, que agoniza. Son los que se preparan para la guerra, para que no tengamos que vivirla.

Hoy se nos fueron 44. Son simbólicos, pero son reales. Son símbolo de los 44 millones de argentinos, quizá mostrándonos que somos la millonésima parte de lo que estamos llamados a ser. Son 44 paradigmas de amor y sacrificio. Se nos fueron al fondo, bien al fondo, como las semillas que florecen, se nos fueron al fondo, bien al fondo como se planta la picota fundacional sobre la que se alzarán las futuras generaciones; son un símbolo y son una realidad como lo son nuestros hijos y como lo es nuestra identidad fundacional. Son reales como la carne, la sangre, el rubor y la sonrisa de sus rostros, ocultos detrás del uniforme y de la gorra, son reales como sus historias y reales como los ojos que los lloran. Nuestros paradigmas, nuestros 44 soldados no son solo una desgracia, son nuestro futuro, que debe florecer de esta semilla.

Nuestro futuro de grandeza, que empieza desde abajo. Hasta abajo han llegado, porque hasta abajo los hemos enviado, pero como el fuego, desde abajo entibiarán una Argentina que se enfría. No han eludido su destino, que podría haber sido mejor. No eludamos el nuestro, que debe ser mejor.
Nuestros símbolos de carne y hueso fueron a defender nuestros mares, en una silenciosa guerra cotidiana, que no se ve. Allá fueron y allá lo están haciendo. Fueron ellos y fuimos nosotros, porque una guerra no la gana un ejército, la gana un pueblo… y también la pierde; Mansilla decía al combatir a la gigantesca flota anglo francesa:

"¡Vedlos, camaradas, allí los tenéis...! ¡Considerad el tamaño insulto que vienen haciendo a la soberanía de nuestra Patria, al navegar las aguas de un rio que corre por el territorio de nuestra República, sin más título que la fuerza con que se creen poderosos! Pero se engañan esos miserables. ¡Aquí no lo serán! ... ¿No es verdad, camaradas? ¡Vamos a probarlo!... (…)

¡Mueran los enemigos!... ¡Trémole en el río Paraná y en sus costas el pabellón azul y blanco y vamos a morir todos antes que verlo bajar de donde flamea!"

Los hombres de Mansilla no han muerto, nuestros 44 no han muerto. Están vivos, los vemos. Aquí están.

Milicia es la vida del hombre sobre la tierra alumnos, quisimos enseñarles a combatir. Háganlo, en esta patria pasajera, hasta llegar a la Eterna... a decir, como dijo san Pablo: "Bonun certamen certavi": He fcombatido el buen combate.

Gracias.-

sábado, 10 de noviembre de 2018

TRADICIÓN (Discurso escrito en 2015 para alumnos secundarios)


Hoy en todo el territorio nacional se celebra el día de la Tradición, es preciso hablar de tres cosas para comprender mejor la naturaleza de esta celebración: 

1° ¿Qué es Tradición?
2° ¿Por qué la celebramos en este día?
3° ¿Por qué es preciso celebrarla?  

¿Qué es Tradición?
Como todo buen análisis para definir a una cosa primero es preciso acercarse a lo que nos dice su nombre. “Tradición”, y los profesores de latín podrán corregirme si me equivoco, viene de “traditio, traditionis”, que significa: enseñanza o transmisión. Proviene del verbo “tradere”:  “entregar”, compuesto a su vez por el prefijo “trans-” : “más alla, de un lado a otro” y el verbo “do, das, dare” : “dar”. Tradición en su análisis etimológico es, más o menos: dar o entregar de un lugar a otro” y semánticamente: lo que se entrega de una generación a otra.

Ahora, a un problema de gran tamaño podemos enfrentarnos si entendemos la tradición solo como aquello que hemos recibido de las generaciones pasadas; eso nos dirá su análisis nominal, ¡pero para entender bien la Tradición tendremos que entender su naturaleza misma! Porque digo, de repente yo de mis padres puedo heredar tanto la fe como una fiebre tifoidea[1], sin embargo la fiebre tifoidea no puede ser tradición, y si lo fuera no puedo celebrarla. La tradición no es todo lo que yo recibo de mis mayores, sino más bien lo que hay de valioso y aprovechable en eso.


Tradición no es conservar todo, sin discriminar entre lo realmente bueno y lo malo, tradición es llevar y transmitir lo que merece ser conservado. Mire, yo tenía un profesor que decía que solo puede progresar un pueblo que conserva lo que tiene que conservar. Imagine usted un gran árbol que tiene que tener una gran copa, pero que no ha echado raíces; ¡pobre árbol! primero difícilmente alcance a desarrollar la gran copa, y si la desarrolla… se va a desmoronar con el primer viento y es que ha perdido las bases, el fundamento para poder crecer…

Ahora imagine un árbol que solo se queda en las raíces, así: pequeño, rasante el suelo… no cumple con su destino, que son las alturas, un árbol enano no es árbol, o por lo menos no es un árbol pleno; que me disculpen los cultores del bonsaísmo. Por eso aquella frase que se le atribuye al Gral. San Martín: “Serás lo que debas ser, o no serás nada.” Y que por otro lado, se encuentra de manera muy parecida en el escudo nobiliario de su familia. Es decir, aquello San Martín no lo inventó, lo heredó.

La Tradición tiene entonces mucho que ver con lo que soy. Y lo que soy es lo que he recibido y lo que yo hago con lo que he recibido.


Mire para entender mejor la cosa: la tradición tiene dos vicios opuestos: el conservadurismo que se limita a guardar todo, como si todo tuviese el mismo valor; y el progresismo, los progresistas  se olvidan de su patria, de su Dios, de todo lo que no hayan hecho ellos mismos.

Los conservadores hacen de la patria un museo; mientras el progresista ve en el pasado, un lastre, un freno para el progreso. La historia para el conservador es nostalgia dolorosa y sufre en su recuerdo ¿vieron esos que siempre lloran diciendo “ay, en mis tiempos todo era mejor”? Bueno, ese es el hombre que no sabe reconocer nada bueno en la novedad porque quedó atascado a una circunstancia histórica particular, la pasada, y no puede salir de ahí; para el progresista, en cambio, la historia es obstáculo (por eso intenta eliminarla, despegarse de ella, como si un hijo pudiese, sin eliminarse a sí mismo, eliminar la sangre de sus padres que corre por sus venas). 

Para el tradicionalista la historia es como un resorte, que al contraerse lo impulsa hacia el futuro.

Por eso algún escritor dijo por allí que la tradición es la “transmisión del fuego, y no la adoración de las cenizas”.

Mire, las dos ideologías modernas, la socialista y la liberal se autodenominan “progresistas”, y lo son. Para ambos la tradición es obstáculo, baste leer a sus pensadores de moda: a Gramsci y a Fukuyama (correspondientemente) para entenderlo. Para ambos la idea de Nación (y más precisamente la de patria), y con ella la de familia, y la de religión, como factores importantísimos en la moral de Occidente, son un obstáculo a superar. Y es preciso orquestar toda una estructura sustentada desde un esfuerzo político enorme para desterrar o trastornar estas ideas de la sociedad política. Revisionismo histórico, leyes que atentan contra la familia, relativismo moral. Etc…


Yo les daba un ejemplo al principio: un hombre puede recibir de sus padres una fiebre tifoidea tanto como la fe ¿Cuál de las dos cosas es preciso cultivar, la fiebre o la fe? ¿Qué es digno de llamarse tradición?

Para comprender bien lo que es tradición es preciso hacerse dos preguntas ¿Qué es lo que he recibido? ¿Qué es lo que debo guardar y transmitir? Para eso es necesario un doble ejercicio de la inteligencia: descubrir quién soy y quién debo ser (y este “quién debo ser” trae aparejado otro ejercicio: el de la fineza espiritual e intelectual para descubrir la verdad y el bien).

Esto me lleva a la segunda pregunta: 
¿Por qué celebramos hoy el Día de la Tradición?
 Hace un año les decía yo que cuando el 9 de junio de 1938 se aprobaba el proyecto de Ley para declarar al 10 de noviembre día de la Tradición en Argentina, al menos tres verdades se suponían o aprobaban con ella:
  1. Reconocer que la Argentina, como Nación, tiene una identidad que la tipifica.
  2. Reconocer que era José Hernandez, nacido el 10 de noviembre de 1834, el mejor representante de esa identidad argentina. Y
  3. Que esa identidad es necesario recordarla y transmitirla.
No voy a volver a desarrollar lo que dije aquella vez, pero es preciso recordar un par de cosas:
José Hernández es el mejor representante de la identidad argentina porque supo entender el paradigma del hombre argentino y representarlo en nuestro poema nacional: el gaucho Martín Fierro.

Hernández era militar, periodista, escritor y político argentino que, nacido en Buenos Aires y de noble cuna, alzó la mirada más allá de la comodidad casera y el bienestar provincial para velar por el bien de la Nación entera, oponiéndose incluso por las armas, cuando fue necesario, a la opresión unitaria, que no era, como nos han querido enseñar, solo un modelo económico ¡no se trataba la lucha entre unitarios y federales simplemente del control del puerto! Se trataba más bien de darle al país un modelo, un modo, un estilo de vida. Estaban en pugna dos cosmovisiones de país muy distintas. La primera, la de los unitarios, era un idea extranjera, y necesariamente extranjerizante, con mayoría de representatividad porteña y que tenía puesta la mira en la Francia Revolucionada, en la Inglaterra industrial, y en los Estados Unidos liberal y masón. La segunda cosmovisión es la de los federales, un tanto romántica, nacional, con la mirada puesta en los confederados, en los argentinos de aquel momento, los hombres del campo, la gente del interior, del corazón de nuestro territorio nacional. Quería construir una Nación sobre sus cimientos propios, sin tener que derribarlos, porque, conociéndolos, le parecía valioso. Aunque, hay que decirlo, no todo lo que el hombre de aquel tiempo era, era valioso.

Los unitarios hoy se denominarían progresistas: es necesario ser como eran los ingleses, los franceses o los norteamericanos. Para eso hay que dejar ser como somos: ellos son la civilización, nosotros la barbarie. ¡Ojo, pudo haber sido verdad! ¡Puede ser que un pueblo sea bárbaro y haya que civilizarlo! Esto no era lo malo de aquella frase sarmientina. Pero considerar que el hombre del campo, el gaucho argentino con todo su acervo cultural e histórico era un bárbaro… es otro cantar. Si consideramos, como lo consideró Sarmiento, que la sangre del gaucho solo sirve para ser derramada estamos considerando que lo más profundo, su sangre, que es lo que recibe de sus padres (en otras palabras) solo es digno de ser arrojado, derramado. De otro modo no sirve.

¿Y qué había recibido de sus padres, a saber indios y españoles? Y… cosas buenas… y cosas malas. Las malas son dignas de ser rechazadas, las buenas de ser recordadas y cultivadas ¿Y cuáles, a grandes rasgos, son las cosas dignas de ser recordadas?

Del indio, entre otras cosas, su sentido de la realidad ¿tesis rara la que expongo? Sí, pero ¿quién tenía más contacto con lo real sino quién convivía cotidianamente con la naturaleza? ¿Quién más cultivaría la intuición, que no es científica, pero que nos pone de frente en un encuentro inmediato con las cosas, que aquel que las trata a diario? Baste recordar las alabanzas que Hernández en boca del gaucho Fierro hace a las habilidades del indio para domar un potro, conformado con él una simbiosis admirable. A esa intuición formidable del indio hay que agregarle un cultivo y educación de la razón. Podríamos también hablar del espíritu indómito y aventurero que tiene el indio, pero no nos olvidemos que el hidalgo español era conquistador, incluso más de almas que de territorios. Era también inquieto por naturaleza.

El español le dio mucho al gaucho, no solo la lengua y la fe, sino el sentido mismo de patria. Para el gaucho como para el hombre medieval (España fue el último reservorio del medioevo) la patria era algo bien concreto: la sangre. Ya sea representada en el Rey o en la familia; nosotros no teníamos rey, pero sí familia.

No vamos a analizar en el Martín Fierro todos los valores que allí se plasman, sin embargo, no puedo no ir al menos escuetamente a alguno de sus versos, en los que se reflejan sus más caros anhelos:

“Es el pobre en su orfandá
De su fortuna el deshecho,
Porque nadie toma a pecho
El defender a su raza:
Debe el gaucho tener casa,
Escuela, iglesia y derechos.”

“Y derechos”, dice, sin especificar, salvo, y en primer lugar, la casa, síntesis plástica de los valores primarios de su espíritu: el hogar, la familia, el amor. Y luego, “la escuela” y “la iglesia”, como prolongaciones inmediatas y necesarias de la casa, del hogar y la familia. Innumerables son los versos en los que Fierro habla de la familia, y ante su pérdida es cuando surge los sentimientos más duros del gaucho:
No hallé ni rastro del rancho;
Sólo estaba la tapera.
¡Por Cristo, si aquello era
Pa’ enlutar el corazón!

Y estalla la más violenta expresión de ira de todo el Poema:
Yo juré en aquella ocasión
Ser más malo que una fiera.

Seguido por el lamento surgido de su corazón cristiano:

¿Quién no sentirá lo mismo
Cuando ansí padece tanto?
Puedo asigurar que el llanto
Como una mujer largué.
¡Ay, mi Dios si me quedé
Más triste que Jueves Santo!

Ejemplos de amistad, como la de Fierro con Cruz, de caballerosidad como con la madre que pierde a su hijo, de piedad como cuando vuelve para enterrar al negro que asesinó y otros podemos encontrar de a muchos. Pero los que hacen a la familia, creo que yo, son los que abundan.
Fierro no se consideraba indio, a quien trata de manera muy severa, por ser estos “salvajes” y ”blasfemos”; tampoco se consideraba europeo “que no saben siquiera atracar un pingo”. El es gaucho…
Y entiéndanlo –dice- para mí la tierra es chica y pudiera ser mayor ni la víbora me pica, ni me quema mi frente el sol.
Este es el paradigma que se toma, el del gaucho, y por eso se celebra el día de la Tradición el día que fallece José Hernández, aquel que mejor lo ha interpretado, con sus vicios y virtudes. 

¿Por qué es necesario celebrar el Día de la Tradición?
Yo les hago otra pregunta ¿Cómo podemos llegar a ser lo que tenemos que ser si ni siquiera sabemos lo que somos? ¿Cómo vamos a cumplir con nuestro destino como Nación, aquel que Dios pensó desde el Principio, si ni siquiera podemos darle una identidad a nuestra Nación?  No conocemos nuestra historia, no conocemos nuestros héroes, no conocemos nuestros paradigmas.

Entonces vienen quienes tras la consigna de la “Revolución cultural”, que es una doctrina que existe y que se está aplicando con mucho éxito en América Latina y sobre todo en nuestra patria, derriban nuestros monumentos, olvidan a nuestros héroes, los castigan, los someten a situaciones denigrantes, mientras premian a hombres inmorales, mentirosos y traidores.

Y junto a su amigo –enemigo el liberalismo y su tan mentado Nuevo Orden Mundial quieren comprarnos proponiendo otros modelos, que colocan como un seductor paradigma: el hombre ligth, el de la moral laxa, el de la praxis absoluta y el sofista habilidoso, los hombres que no respetan a la mujer ni hacen de los más débiles una causa;  o el modelo más duro de la nueva izquierda progresista:, que traicionan a sus pares, que atacan a la familia, que atentan contra sus hijos y contra la fe de sus mayores:

Es para él como un juguete
Escupir un crucifijo
Pienso que Dios los maldijo
Y ansina el ñudo desato,
El indio, el cerdo y el gato
Redaman la sangre del hijo.

Se me ocurre pensar en las mujeres que piden abortos, mientras queman crucifijos y alguna imagen de la Virgen, bendita entre las mujeres

Odia de muerte al cristiano,
hace guerra sin cuartel;
para matar es sin yel,
es fiero de condición;
nogolpia la compasión
en el pecho del infiel.

La heroicidad de Fierro radica en su capacidad para soportar el dolor, y en la fuerza para combatirlo. He ahí lo que tenemos que aprender y conservar[2]. Ahí está el llamado a la heroicidad puede hablar del fuego, bonito y durante horas, pero eso no enciende a nadie; hay hacerse de fuego del fuego sagrado, tomar las lámparas votivas y abrasarse en ellas para convertirse en llamas olímpicas que es preciso pasar.

El “tradere” va íntimamente ligado al “conditor” que significa “fundar”, pero que también quiere decir enterrar bien profundo. Esta patria tiene una cultura fundante, solo podrá mantenerse en pie en la medida en que sus pilares, sus fundamentos, sigan bien firmes, enterrados bajo tierra, como las raíces del árbol más coposo se encuentran bien  profundas y fuertes. Cuando el árbol anda perdiendo las hojas, habría que revisar si no se han descuidado las raíces. El que desconoce sus raíces es como el hombre que por querer pertenecer a otra familia reniega de la suya hasta al punto de querer renunciar a los mismos huesos y a la misma sangre que le viene de los padres. Recuerda que eras lo que eres gracias a los que te precedieron, pero que tus hijos serán lo que tengan que ser gracias a ti.


Padres: sigan bendiciendo a sus hijos por la noche como lo hacían sus abuelos, no importa el cansancio, la falta de tiempo; hijos: esfuércense en imitar aquello de bueno que hay en sus padres, no importa lo que el temperamento adolescentón y rebelde les susurre al oído. Eso es Tradición. Gobernantes: sepan que olvidar lo que somos nos deja al intemperie de las decisiones arbitrarías de situaciones coyunturales por desconocer lo que somos y lo que estamos llamados a ser.

Amen, que nuestra patria se ha hecho con amor. Sean como Hernández: soldados y poetas, pues ¿acaso el hombre, insaciable buscador del bien y la belleza, puede aspirar a más que eso? Pues ni el patriotismo ni la santidad son posibles sin estos condimentos. Sepan buscar la belleza y luchen hasta alcanzarla. Si lo hacen dibujaran una gran sonrisa en el rostro de las viejas generaciones, y estos actos serán más que simples anécdotas.

“Mas Dios ha de permitir
Que esto llegue a mejorar;
Pero se ha de recordar,
Para hacer bien el trabajo,
Que el fuego, pa calentar,
Debe ir siempre por debajo.”

La patria sigue teniendo héroes, y algunos son cruelmente olvidados. Tiene héroes ¡Y aún necesita otros nuevos! No hay mejores tiempos para ser tradicionales. Dios nos bendiga.

 MUCHAS GRACIAS.-


[1] “Cuando los franceses festejan el 14 de julio me recuerdan a un hombre que festejara el aniversario del día que atrapara una tifoidea.” Jaques Bainville, citado por Castellani, en “Seis ensayos y tres cartas."


[2] “Jean de Viguerie, uno de los pensadores franceses más agudos de la actualidad, no temió afirmar la existencia de “dos patrias”, una la tradicional,  la otra posterior a la Revolución, totalmente distintas.” Alfredo Saenz, “La nave y las tempestades”, la Revolución Francesa, segunda parte, pg 13. Como sea, tanto el Nuevo Orden Mundial como la Revolución cultural, de moda en nuestros pagos tienen el mismo propósito.


miércoles, 12 de octubre de 2016

LA HISPANIDAD AMERICANA

Un acontecimiento histórico, tal vez el mayor acontecimiento de la historia luego de la Encarnación del Cristo, es la razón que nos motiva a romper el silencio de esta primaveral mañana. Entre los prístinos cantos de las aves de nuestra Villa, una voz tosca se alce para celebrarlo.  524 años han pasado desde ese hito, en el que las carabelas que traían a ese Cristo Vivo, tocaran nuestras costas, y como si fuera jocosa broma de la Providencia era Cristóforo, el portador de Cristo, quien “comandaba” esas velas. Había partido del Puerto de Palos, despidiéndose, de la Virgen de la Rábida sin saber que el vero Capitán de la Historia tenía planes ajenos a los suyos. No estaban estos hombres aventureros destinados a la suerte banal del comercio, el suyo era un negocio mucho más alto, basado en la Economía de la Salvación. No lo sabían aún, como Pedro, el apóstol, no sabía que ese mañana infructuosa de peces, rica de Gracia, se toparía con el Mesías. Pero su corazón lo esperaba. La esperanza es fruto del amor, y su recompensa es el bien amado; lo esperaba y por eso al verlo lo reconoció: ¿Y tú quíen dices que soy yo, Pedro? – Tu eres el Mesías, el hijo del Dios vivo ¡bienaventurado Pedro! ¡Bien aventurado Cristóbal, que en adelante serás el estandarte que llevará impresa mi Cruz!
No estuvo solo en esta empresa, miles de jóvenes soñadores la continuaron, era un empresa civilizadora llevada a cabo con tesón e hidalguía en tierras inhóspitas y desconocidas; llenas de peligros, desde el cardo espinoso a la selva tupida. Era una misión, una misión enorme y gigantesca: la de portar a Cristo y la cultura hispana, era el mandato de su Dios y de su Reina.  Y así, al cabo de apenas 50 años de aquel desembarco, en estas tierras nuevas, ya había cientos de casas de formación, conventos, misiones, hospitales ¡y hasta Universidades! ¡Heroicos fueron los esfuerzos y gigantescos sus frutos!
Mucho hizo España por estas tierras y sus habitantes: “El rescate de los idiomas aborígenes que no tenían escritura, elaborando diccionarios y las gramáticas; una catequesis abarcativa de gran parte de las comunidades indígenas; una incorporación de ritos propios, aun muy presentes en nuestro norte argentino; un desarrollo de las artesanías, pintura y arquitectura propia; una música propia que, empezando por acompañar las festividades religiosas, terminó produciendo bailes y cantos no solo religiosos sino también profanos, que aun hoy están presentes en las raíces de nuestro folclore popular…”
Pero sobre todo un código de moral cristiana, característico de esta nueva raza que se levantaba sobre la faz de la tierra; una raza que nada tenía que ver con genéticas, o pieles, sino con una irrenunciable e innegable identidad cultural, desde la Patagonia a tierras de México. Ninguna otra Nación podría haber realizado tan magna empresa; España parecía preparada desde la eternidad esta tarea: la poderosa España, la última en abandonar aquella fenomenal Era de la Cristiandad Medieval, aquella que había recuperado sus tierras de la invasión musulmana tras 500 años de incesante lucha; la que había mantenido incólume su identidad vertebral, atravesada por Dios y por el tierno amor a su Madre; aquella identidad conformada por el genio griego, el viril praxismo romano y las gestas heroicas y caballerescas del Medioevo. Esta España es la que forjó el humus de la Patria, caracterizada por primacías que jamás debieron dejar de ser: “la primacía de espiritual sobre lo material; del ser sobre el pensar; de lo ético – moral sobre lo científico – tecnológico; la primacía del orden natural por encima de cualquier positivismo jurídico; la primacía de aquel poder que viene siempre de lo alto, y que debe encontrar el mejor modo para ser ejercido en la tierra; la prioridad de lo político sobre lo económico; de la honestidad y la honra sobre la codicia y la avaricia”…

Esto, todo esto debía festejarse, y de ahí el Día de la Raza, devenido luego en las Fiestas de la Hispanidad. Pero esta empresa gigantesca, de la que solo podemos dar vanas pinceladas en este breve momento, tuvo enemigos que hicieron de la epopeya española blanco de escarnio, de injurias, perjurios y zancadillas, con pasquines bien elaborados y distribuidos en los que nos enseñaban a renegar de nuestra herencia, que es como renunciar a nuestra carne y a nuestra sangre; y así pasamos de festejar este día a la falacia persuasiva de la maldición; hemosle puesto “Día del Respeto a la Diversidad Cultural”, sin entender realmente qué es respeto, diversidad y mucho menos Cultura; como si no fuera también cultura hispano americana, que debemos reconocer como “criolla”, la de los wichís o los coyas, que expresan en su canto, en su religiosidad popular o en su folclore la innegable presencia española. Estos atomistas de la Cultura pretenden dividir para reinar, haciéndonos perder en la vorágine de la no identidad. Pues no, para eso es la labor educativa que debe regir la finalidad de este Colegio de y todas las escuelas de la América hispana: asentarse en los perennes trascendentales del Bien, la Verdad y la Belleza para mantener intactas aquellas primacías de la que hemos hablado.

Con esta convicción saludamos a toda la América bautizada; con aquel mismo saludo que hiciera poeta Juan Antonio Cavestany:


“¡América grandiosa, soberbio continente
Del ósculo que un día sello tu casta frente,
Halló tu oculta fuerza tu noble redención!
Hoy tienes en tus manos del mundo la palanca.
¡Sé grande! Mas no olvides que tu grandeza arranca
De España, de tu Madre, del beso de Colón.”


Muchas gracias.

lunes, 19 de septiembre de 2016

SI DIOS ME DA LA GRACIA DE UN HIJO...

Si Dios me da la gracia de un hijo, que no es un derecho ni una decisión, le enseñaría primero a ser agradecido. Y que a quienes más le debe es a Dios, a sus padres y a su patria. Le voy a decir que antes que la democracia está la patria y que más importante que ellas es la Verdad. Le voy a enseñar a ser libre (que es algo que se debe aprender), y para eso ANTES le voy a pedir que obedezca. Voy a “apretar” su inteligencia para que descubra la verdad, voy a fortalecer su voluntad para que se dirija al bien, voy a afinar su espíritu o espiritualizar sus sentidos para que descubra la belleza; y descubierta voy a pedirle que nunca deje de asombrarse ante ella. Le voy a mostrar que el hombre es distinto a la mujer, y que antes de pedirle a Dios una buena mujer debe procurar hacerse un hombre. Le voy a decir que en la escuela podrán enseñarle el alfabeto, pero que en casa aprenderá a leer; le voy a contar del Quijote, de Fierro, de Chesterton, de Papini y de los héroes de su patria, le voy a hablar de un curita que me hizo mucho bien; le voy a narrar de sus bisabuelos y le voy a rogar que no pierda ocasión de charlar con sus abuelos. Le voy a enseñar a valorar a los amigos y la vida social, pero más el silencio y la soledad. Que la política no es la economía. Le voy a enseñar a andar a caballo, a ensillar y a plantar algo, lo que sea. También de chiquito un deporte… de chiquito, cuando aún no sabe jugar.
Nunca le diré que debe aprenderlo todo y que la experiencia permite elegir mejor. Le diré que NO es cierto que para lograr algo basta que él lo quiera: antes que citarle frases exitistas lo mandaré a leer a Job, san Agustín antes que conocer a Perón. Le voy a decir que los principios sin virtud son un hermoso cheque sin fondos. Le voy a hablar del heroísmo, pero en esa línea le voy a enseñar que la victoria es algo ajeno a su decisión; que al hombre le atañe el combate ¡pero bien combatido!: que la mansedumbre sin astucia es de idiotas, pero que la astucia sin mansedumbre es de felones.
Le voy a dar una opinión: que su oración debe al fin reducirse a esto: 1. “Soy cera blanda entre tus dedos, haz lo que quieras conmigo.” 2. “Dame, Señor, lo que me pides y pídeme lo que quieras.”
Y Un día, de viejo y entre risas, le voy a pedir perdón. Perdón porque más que eso (y hoy dudo que incluso eso) puedo.
Tal vez solo sea una cosa de insomne, tal vez no.

miércoles, 17 de agosto de 2016

YO SÍ CREO EN ESTE DEPORTE


Y creo desde chiquito, porque a las cosas graves, serias e importantes del mundo adulto nos las endulza con el pueril sueño de conquista, de grupo, de estrategia; está en la fibra íntima de la niñez nunca abandonada el alcanzar las alturas, con amigos. Y por eso, hoy sigo creyendo.
Porque... ¿viste...? vos no serás el más grandote, ni el más fachero ni el más fuerte, ni mucho menos la estrella; pero, POR ESO, hay un grupo atrás tuyo que te palmea y que te levanta. Y si no lo ves desde la cancha porque sos el adulto serio y grave, lo ves en esa cancha, donde otros adultos se abrazan entre ellos y acogen a los más jóvenes, como un presagio de continuidad. Creo porque me hizo pasar horas entrañables en el colegio, en un club, en el barrio, me hizo entender un símbolo, me hizo defenderlo y hermanarme con los simbolizados; me dio viajes, anécdotas, horas con amigos... me dio amigos. Y yo no era ni grandote, ni fachero, ni fuerte, ni mucho menos una estrella. Pero así me sentí... siempre que estuvieran mis amigos.
Yo creo porque me hizo jugar con mi viejo, con mis primos y con los que no llevaban mi sangre, pero bien podrían... porque me puso una disciplina (que a veces me enojaba), porque me hizo tragar broncas, porque me puso objetivos, pero también me hizo entrar en la cuenta de que no, no siempre se gana, ¿y sabés qué? Ganar en los números no es TAN importante. Creo porque sigue enseñando que al menos en este deporte se corre toda la cancha y se salta en los dos aros... y que un pase justo puede vivarse como un triple,y que todo, todo, todo... puede cambiar en esa fracción de segundo en la que no te rendiste a la fatalidad, porque en el basquet... casi nunca hay fatalidad, un minuto es una vida, un segundo es el partido. Y todos cuentan.
Creo porque tuve la dicha de haber visto al mejor equipo argentino de toda la historia, no solo por su corazón, porque no todo se gana con corazón, sino también por su perseverancia, por su esfuerzo, por su amistad, por su amor, pero por sobre todo por su inteligencia, muchos ven solo la garra, o el talento; ni la garra ni el talento duran más de quince años.
Creo porque me hizo pasar horas con mi viejo, emocionarme por lo mismo, mantener un código y un lenguaje, creo porque pude ir a la cancha y verlos, de cerquita, con él y con mi hermano de toda la vida; el resultado ni me acuerdo, fui con ellos; y eso es mucho para recordar. Creo no solo por lo que me hace sentir, sino porque también te ayuda a pensar, te ayuda a creer en vos... y sin embargo no te hace un exitista, medidor de números... porque... sabés qué? No somos los más grandotes, ni los más facheros, ni los más fuertes... pero siendo disciplinados, inteligentes, y amigos, no dejamos de jugar. y jugando, estoy seguro, somos lo mejor que podemos ser -cuando uno juega no teme algunas cosas, como morir por lo que vale la pena morir-. Como cuando niños, porque, casi ingenuamente, CREEMOS.
No contamos.